Reedición Residencial Turmalina:
Joaquín Edwards Bello y su olvidado talento de cuentista

Noticia
Joaquín Edwards Bello, Residencial Turmalina
09 de Junio, 2015

Fuente: Artes y Letras (El Mercurio)

Editorial Universitaria reeditará este mes Residencial Turmalina, notable antología de relatos del escritor chileno, escogidos por Alfonso Calderón.
“Mi sabiduría consiste en haber estudiado poco. Del Sexto Año, malamente calentado, salí al mundo, y una tarde clara, mirando pasar la gente de las calles me atrae más que un libro”, declara en un alarde de flâneur. La confesión pertenece al texto “Joaquín Edwards Bello. Un collage “, entrevista imaginaria escrita por Alfonso Calderón a partir de crónicas del antologado y de fragmentos de conversaciones que sostuvieron entre octubre de 1966 y febrero de 1967. Es decir, hasta un año antes del pistoletazo con el cual puso fin a su vida, en febrero de 1968, este autor chileno que había sido reconocido con los premios nacionales de periodismo y literatura.

Residencial Turmalina“Joaquín Edwards Bello. Un collage ” es el prólogo de la antología Residencial Turmalina y otros cuentos , publicada por Editorial Nascimento en 1980 y que ahora reedita Editorial Universitaria. Sus veinte relatos nos recuerdan que el autor fue un cuentista relevante pero eclipsado por la popularidad que alcanzaron sus crónicas, género del cual llegó a ser un maestro, “contaminando” toda su obra narrativa. En sus piezas breves de ficción, el escritor también utiliza la realidad como materia prima: historias escuchadas, noticias leídas en la prensa y experiencias veladamente autobiográficas son el punto de partida de cuentos que, en muchos casos, adoptan la forma de narraciones enmarcadas (cuenta la historia un personaje distinto al narrador), donde la acción prima sobre la descripción, y la prosa -enérgica, sobria y mordaz-, se pone al servicio del argumento y suele conducir a finales abiertos, como la vida.

“Mis obras, regularmente ejecutadas, nunca tienen término. Los despojos de ellas, sus personajes, siguen viviendo en mi cabeza, aun después de la sexta edición. Son humanos y padecen los accidentes que les ocurren a los hombres”, dice Edwards.

Esto se puede comprobar en cuentos como “La señorita Mendiburu”. El protagonista conoce en España a una sirvienta de la casa de huéspedes donde se aloja. Tiene el mismo apellido de sus antepasados por línea materna. La señorita Mendiburu se muestra distante con el viajero, creyendo que le lleva un recado enojoso. El relato desarrolla literariamente la crónica “Una Pascua en Bilbao”, publicada en La Nación el 25 de diciembre de 1923. Las variantes son muchas, pero destaca especialmente una: en la crónica, Edwards Bello va junto a la criada vasca a ver la zarzuela “El rey que rabió”. En el cuento, ella lo invita, pero lo deja plantado. Esto también ocurre en la crónica, pero después. El cuentista condensa ambos episodios en uno solo, pues sabe que las reglas del género son distintas. Lo interesante es que hay pasajes idénticos en el nuevo texto. ¿Nuevo? En realidad, no se puede asegurar qué fue primero, si la crónica o el cuento, pues Alfonso Calderón no fecha los relatos de la antología Residencial Turmalina, ni indica su procedencia, como sí lo hacen los editores de Crónicas reunidas, de Joaquín Edwards Bello (Ediciones UDP).

Rubén Darío y la Colonia Tolstoiana

joaquin-edwardsbelloEn la entrevista-prólogo de Calderón, el cuentista se refiere paternalmente a sus creaciones. “De mis cuentos, alguno podrá sobrevivirme. Sin embargo, son como los hijos. Con todas sus imperfecciones, seguimos admitiendo que llevan algo de nosotros que es irrenunciable y que posee un sello que marca como el de la religión”, advierte. Y, como todo padre, tiene sus favoritos. “Creo que ‘Residencial Turmalina’ y ‘Juan Antonio, el Barbas de Oro’ son mis mejores relatos”, afirma.
Seguramente este juicio decidió a Calderón a titular el libro con el nombre del primero. Residencial Turmalina se llama la pensión que regenta en Viña del Mar una mujer ya cuarentona, enamorada de un donjuán quince años mayor que alguna vez le envió desde Brasil un broche de turmalinas. Adornado con sus fotos, el cuarto de Isabel Lagrange se convierte en un santuario del ausente, al que espera durante años dejando escapar lánguidamente su juventud. La historia la cuenta un médico, pensionista de la casa. “-Es fácil operar a una persona de apendicitis; es relativamente fácil extirpar un tumor hepático; lo difícil es extraer un tumor del espíritu”, dice al comienzo del relato.

Lo que un narrador con menos talento hubiera convertido en melodrama, Edwards Bello lo transforma en un cuento de sutil penetración psicológica y lleno de ironías sobre la conducta humana (“La señorita Isabel se había construido su drama de amor ella misma, con pequeña influencia exterior, creándose un Dulcineo”).

No cuesta mucho reconocer en esta clase de historias la influencia de Guy de Maupassant. El autor chileno había escrito ya en 1912 ( Cuentos de todos colores ) que le parecía “uno de los más grandes ironistas franceses”. Considera “Bola de sebo” el relato más perfecto del autor y no duda en recomendarlo como “prototipo de belleza” a los aficionados del género. Celebra en él su capacidad para burlarse de sí mismo a través de sus personajes (“Por eso es ironista”) y conseguir al mismo tiempo “llorar a carcajadas”.

En un medio social muy distinto transcurre “Juan Antonio, el Barbas de Oro”, cuento de registro criollista en el que interviene un bandido rural, aunque sus protagonistas son en realidad una campesina y sus dos hijas. Las tres reciben, primero, la visita de la ley y, luego, la de su fugitivo. Los sentimientos que experimenta la hija menor hacia el bandolero son descritos por el narrador como una “mezcla de ansias de mujer y terror mortal”. Las dos caras que aparecen con frecuencia en los relatos de Edwards Bello: el deseo y su negación, tensionados hasta que se impone uno de ellos.

Hay relatos cuyo valor reside más en la identidad de sus personajes que en la historia. Crónicas apenas ficcionalizadas. Es el caso de “El patio de los coléricos”, ambientado durante la epidemia de cólera que azotó Santiago bajo el gobierno de Balmaceda. Los protagonistas son dos poetas y redactores del diario La Época: Alfredo Irarrázaval y Rubén Darío. Inmunes a la peste gracias al licor del Padre Kermer -así al menos se creía en esos años-, estos periodistas y bohemios ayudan a una hermosa dama que acaba de perder a su madre a llegar hasta el “patio de los coléricos” en el Cementerio General, cerrado a los deudos para evitar contagios. La mujer inspira al poeta nicaragüense los versos de “El manto”: “La bella va con el manto / con tal modo y gracia puesto, / que se diría que esto / es el colmo del encanto / (Santiaguina, por supuesto)”.

En un relato de aire fantástico -otra sorpresa del volumen- aparece nada menos que el teniente Bello en una casa de Talagante habitada por una mujer de belleza fatal. “Aquí fueron devorados los rozagantes veinte años de Alejandro Bello; nada resiste a esa mujer tentacular. Los restos del avión están mohosos y maltrechos en el matorral”, le revela al narrador un enigmático huaso tatuado. “El misterio de Alejandro Bello” parece una anomalía dentro del realismo que caracteriza la prosa de Edwards Bello.

“La Colonia Tolstoiana” es un cuento, apenas retocado por la imaginación, sobre el experimento utópico que llevaron a cabo D’Halmar, Julio Ortiz de Zárate y Santiván, quienes en el cuento se reconocen bajo los nombres de Augusto, Pablo y Fernando, respectivamente. Edwards Bello agrega un cuarto fundador y cambia el lugar de los hechos: en vez de San Bernardo, lleva a sus personajes hasta Santa Bárbara, localidad cordillerana al interior de Los Ángeles, donde los alberga en un monasterio abandonado, junto a Eva (nombre significativo), hija única de la dueña de la pensión donde vivían a los pies del cerro San Cristóbal.

Los retratos de los tolstoianos son inspirados. “Augusto era grande, con una cara y una figura imponente de primer actor dramático. Tenía un color tabaco, de marino, aculatado como vieja pipa, y una cabeza marina con caracoles blanquecinos”, escribe el narrador. Pablo (Ortiz de Zárate) es “grueso, rubio, como un ángel escapado de una tela de Rubens”, y Fernando (Santiván), “un hombre alto, como Augusto, pero más brusco, más tosco. Dotado de un gran corazón, tomaba el asunto de la colonia con máxima seriedad”.

Testigo de los bajos fondos

Si hay algo que distingue a Edwards Bello es su versatilidad para describir ambientes y tipos sociales distintos. Conoce en detalle el cabaret más elegante de París (“El incendio del Moulin Rouge”) y el último “chinchel” de Renca (“La sirvienta”) o de La Chimba, porque su insaciable curiosidad lo hizo visitar todos esos lugares. Utiliza, por igual, sofisticadas expresiones francesas, pero sabe reproducir también el habla de campesinos y obreros, así como el coa de los delincuentes.

Su predilección por los tipos populares es notoria. Sus relatos más vivaces corresponden a historias rurales o de los bajos fondos, donde solo sobreviven los más fuertes… o los más listos. No todos pobres, ciertamente. En “El bolchevique”, la historia transcurre en una cantina ilegal de Valparaíso que funciona dentro del almacén de un italiano, viudo y comunista, que cuida a su única hija como si fuera un tesoro. La historia guarda parecido con “La sirvienta”, en la que un inmigrante, esta vez español, administra un garito que frecuentan gañanes atraídos por una tosca belleza mestiza que los atiende y bebe con ellos por orden de su patrón.

En “La Perla de las Hornillas o El trust de los harapos”, genial cuadro de costumbres, el narrador se confunde con el cronista, poniendo en boca de un personaje las ideas que Edwards Bello expresó tantas veces en la prensa. La historia parte del encuentro entre dos ex alumnos del liceo. Uno de ellos, Pedro Acebal, era el más inteligente del curso, pero terminó pobre, cínico y amargado, aunque no ha perdido su agudeza. “¿Te acuerdas de Assensi?”, pregunta Acebal refiriéndose a otro condiscípulo. Es uno de los siete abogados de Faicovich, “el yugoeslavo multimillonario que llegó a Chile no solo sin dinero, sino también sin instrucción”. Assensi le ayuda a quedarse con la riqueza pública: “El Fisco ha educado un funcionario para que lo empobrezca”.

El pecado de los chilenos, cree Acebal, es haber perdido el sentido de la conquista de América. “Aquí todo debe ser acción, hasta la literatura: Al pretender nosotros hacer una vida social y contemplativa, abandonamos el campo a los conquistadores extranjeros”, dice. Si volviera a empezar, tomaría el camino más corto para hacer fortuna: “La cantina, que lleva al fin y al cabo a la misma meta: la plata, la libertad”.

No está inventando nada. Otro compañero de liceo, Exequiel Figueredo, vive en un palacete de la Alameda. Muy pocos saben que es propietario de casi todas las cantinas del callejón de las Hornillas, correspondiente a la actual avenida Vivaceta, “el barrio más siniestro de la capital”. Para demostrárselo, lo invita a cruzar el Mapocho. En el primer “chinchel” que visitan encuentran a Figueredo detrás del mostrador. Al ser reconocido les pide discreción. Mientras toman cerveza, les comenta que un parroquiano que acaba de entrar (“un roto hercúleo, de brazos rojizos y velludos”) es un respetado cuchillero.

Luego aparece la belleza local: la Perla de las Hornillas. “Era alta, delgada, con ese tipo de mujer hindú, que tanto abunda en nuestro pueblo. Nos miró con cinismo, se sonrió, se empolvó con la plumilla medio desplumada, que llevaba fría y áspera como pechuga de pollo fiambre; después se alisó el pelo a mano, con saliva. Nada fea era con su cara alargada, sus ojos teñidos con unto y su melenita dura; pero cuando le daba por reír, se le veía la cavidad con solo dos dientes de arriba, que le daban aspecto súbito de bagre”.

Con autoironía, Edwards Bello se desdobla en el relato entre el narrador y Pedro Acebal, quien tiene un apellido parecido a la palabra “acerbo”. Este adjetivo resume el estilo del escritor chileno: áspero, cruel y riguroso. Residencial Turmalina y otros cuentos muestra un ángulo distinto de su acerbo talento literario.

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