Publicación de Ediciones UC y Editorial Universitaria:
El legado espiritual de Ignacio Domeyko

Noticia
Ignacio Domeyko, Rector Universidad de Chile, vida y obra
20 de Junio, 2016

Fuente: Diario Financiero (Edición, 17 de junio de 2016)

Revista Humanitas n° 81, en circulación, publicó un extracto de esta obra del ex embajador Zdzislaw Jan Ryn, que aquí reproducimos con una introducción de Pablo Domeyko.

Ignacio DomeykoLa vida del científico Ignacio Domeyko Ancuta despierta el interés no solo de historiadores e intelectuales, sino también del lector corriente que se siente atraído por este personaje aventurero, firme en sus convicciones religiosas, y generoso hacia su país de adopción. El profesor Zdislaw Jan Ryn, ex embajador de Polonia en Chile, presenta en este estudio una recolección de textos y correspondencias de Domeyko. La obra deja para la posteridad la interpretación de centenares de documentos, muchos de ellos desconocidos para los chilenos por estar escritos en polaco.
Ignacio Domeyko fue un “embajador” de la cultura europea de su época. Con su amplia formación universitaria buscó lo mejor para aportarlo a Chile, lo plasmó con su trabajo a través de la educación reformada por él desde la básica hasta la técnica y la universitaria, sosteniendo una labor desinteresada y constante durante 44 años. Su informe sobre la Araucanía y sus habitantes modificó, por ejemplo, la visión que existía en el país sobre el pueblo mapuche, con consecuencias prácticas en cuanto a un trato más humano hacia el pueblo araucano.

Su obra fue extensa y apreciada y contribuyó sustantivamente al desarrollo moral e intelectual de Chile en el siglo XIX. San Juan Pablo II, durante su visita a Chile en año 1987, se refirió al ilustre científico y humanista polaco diciendo: “Domeyko fue un ‘regalo’ particular de la nación e Iglesia polacas para Chile, para la Iglesia y la nación chilena (…) El destino permitió que Chile se enriqueciera con su pensamiento, su obra y su descendencia”. Por su talento y sus largos años de trabajo fue un positivo creador en la historia de Chile.

Ignacio Domeyko nace en Lituania, bajo la ocupación militar rusa, en el dominio de Niedzwiadka, el 31 de Agosto de 1802, en una familia perteneciente a la antigua nobleza lituana. Su familia poseía extensas tierras, sin embargo Ignacio queda huérfano de padre a los siete años y por motivos económicos debe ser separado de su madre y vivir con su tío Ignacio en el dominio de Ziburtowszczyzna. De niño, tiene un preceptor francés y estudia humanidades durante cuatro años con los padres Escolapios. A los 16 años ingresa a la antigua universidad de Vilna.

Los mejores alumnos, Ignacio el más joven, forman dos círculos secretos, los Filomates y los Filaretes, no para alzarse militarmente contra los rusos, cosa imposible para ellos, sino para salvar y fomentar la cultura polaca. El fondo de la guerra contra Moscú es cultural y religioso, y tienen siempre la esperanza de que en el mediano o largo plazo Polonia recuperara su libertad, lo que ocurrió después de sus vidas, en 1918. A causa de esta confrontación, como otros colegas a distintos destinos, Ignacio es relegado en Ziburtowszczyzna donde permanece leyendo y estudiando durante siete años.

Ignacio fue un humanista apasionado por la ciencia y un católico fervoroso, así como respetuoso de aquellos que no creían como él. Además de su idioma natal, dominaba perfectamente el francés, el latín y el alemán, y posteriormente el castellano y el inglés escrito. Amaba la música, tocaba el piano, tenía gran sentido estético, dibujaba y gustaba de pintar. Tenía una notable capacidad para la observación de la naturaleza, de las personas y para analizar diversas situaciones humanas. Desde su niñez ansiaba viajar y miraba todo con los ojos de un cristiano que no manifiesta rencores aunque, sí es un crítico constante de los excesos e inconsistencia de las acciones de muchos revolucionarios liberales. Por su personalidad es un gran romántico y un exponente del siglo XIX. Amó siempre apasionadamente a los suyos y a su patria a la que suspira desde Chile.

Después de la revolución de 1831 contra la dominación rusa, logró salir del campo y llegar a París. Allí nuevamente comenzó a estudiar a la edad de 29. Durante cuatro años abordó todos los ramos de la ingeniería de minas, especialmente la geología y la química de la mineralogía, así como la astronomía y la meteorología. En su exilio en París trabaja en favor de la emigración polaca, tarea que lo obsesiona durante muchos años y donde tiene la oportunidad de tratar con el marqués de Lafayette.

Trabajaba ya en Alemania cuando se le abre la oportunidad de trasladarse a Chile el año 1938. Sus cordilleras llenas de minerales le abren un nuevo mundo, donde desarrolla intensa actividad durante 44 años, y donde encuentra el amor, la familia y el reconocimiento público de un país agradecido. Es el segundo Rector de la universidad de Chile, que sigue tras breve ínterin a Don Andrés bello.

Regresa a Polonia en 1882 para reencontrarse con sus raíces, y parte de su familia, así como para terminar la educación de sus hijos. Finalmente, retorna a Chile en 1886, donde fallece a los pocos meses y es enterrado junto a su mujer chilena.

Con su profunda religiosidad, Domeyko logra mostrar una visión iluminada de la ciencia, junto a la metafísica, la filosofía y la teología. Tras sus observaciones, nunca se aprecia el orgullo personal sino más bien, frecuentemente, la admiración por la obra de Dios. A pesar de los sufrimientos que lo acompañan durante el exilio, no se ven en él rasgos de amargura, sino que es siempre positivo y exhorta a tener paciencia y confianza en la divina Providencia. Esta misma entrega en las manos de Dios hace de él una persona de gran modestia, moderación, generosidad, falta de ambición. En su oración diaria ruega a Dios para que siempre haga su voluntad.

A pesar de su origen extranjero y de su larga vida universitaria, nunca concitó la envidia ni la malquerencia de sus colegas. Fue reelegido cuatro veces como Rector de la universidad de Chile. Por su parte, el Gobierno de Chile le concedió la ciudadanía y la naturalización por gracia y le encomendó innumerables trabajos que cumplió siempre con creces. En sus años en el norte, fue el árbitro supremo de todos los engorrosos litigios mineros. Capítulo aparte fue el viaje a la Araucanía, tras el cual, con espíritu cristiano y científico, analiza la situación de los araucanos recomendando al gobierno de Chile defender a este pueblo y asimilarlo al país por medio de una inmigración en lo posible de colonos alemanes católicos.

El profesor Zwzislaw Jan Ryn nos compromete a una tarea: él tiene fe en que algún día, Ignacio Domeyko llegue a ser un nuevo santo en la Iglesia Católica, el tipo de aquellos laicos que dieron un ejemplo testimonial sin renuncias, que cumplieron con la voluntad de Dios, que aceptaron la cruz en la circunstancia en que le tocó vivir, y que santificaron su vida diaria con el riguroso cumplimiento de su deber por amor al prójimo y a Dios.

TEXTOS ORIGINALES DE IGNACIO DOMEYKO

Reproducimos a continuación algunos fragmentos de escritos del benemérito Domeyko, seleccionados del conjunto de su obra escrita (diario personal, cartas, discursos, artículos, etc), por el profesor y exembajador de Polonia en Chile, Zdzislaw Jan Ryn.

  • 1838
    8 IV – El Domingo de la Resurrección, Río de Janeiro

En Río de Janeiro, Domeyko visita el Palacio Imperial y el Monasterio de San Benito. El Domingo de la Resurrección participa en la Santa Misa.
Por la mañana todas las iglesias estaban llenas, adentro la frescura agradable, el rebosante verdor, los adornos frescos de los altares, el olor de las flores y una tranquilidad de modo extraño placentera. Andaba todavía con el corazón partido de tristeza por ver a ese pueblo negro que trabaja tan humillado en esclavitud, desnudez, desprecio, y que parece ser perjudicado por la misma naturaleza con el color y la complexión. Pero apenas he pasado el umbral de la iglesia, abro los ojos y mi alma se aligera. Aquí desaparece la diferencia de color, la diferencia de raza, de poder, de industria y de riqueza. Negros y blancos, todos se arrodillan juntos, sin ninguna diferencia de lugar, con excepción de una pequeña valla, al lado, para las mujeres. Aquí todos son hermanos, hijos de Dios: la igualdad radical. (…) Miré los ojos de un negro cuando recibía el ramo de palma bendito: había en ellos algo más alto, profundo y noble que toda la filosofía de nuestro siglo.

(…) Gran es aquel deleite de encontrar miles de millas fuera de casa los mismos ritos que en nuestra tierra la Santa Iglesia ha introducido.

(MP, II, 67)

  • 1841
    Fin de febrero – Elevación de gran misa, Santiago

Sin embargo, a las nueve de mañana, cuando salía la principal Plaza de Armas o de La Independencia, se veía mucho movimiento y vida. Una multitud de inmensos carros con sandías y melones, mulos y mulas cargando de trigo y fruta traídos del campo; señoras y sirvientas de negro, tapadas con amplios velos (llamadas mantos) bajo los cuales sólo asoman sus ojos negros; una muchedumbre de campesinos ataviados con abrigarrados ponchos, jinetes sobre hermosos caballos con pesadas espuelas de un cuarto de codo longitud; alguno que otro caballero de capa hasta el suelo yendo a misa o regresando de la iglesia. A las diez, cuando deteniéndome en esta plaza, estuve contemplando este mundo tan nuevo para mí, sonó la campana de la catedral, y en un santiamén todo el movimiento cesó; carros, caballos y mulos se detuvieron de golpe; los hombres se quitan los sombreros e inclinan las cabezas, las mujeres se golpean el pecho, se santiguan, cada uno se queda durante un minuto parado en el mismo lugar; la campana enmudece y vuelve al movimiento, el vocerío de la plebe y cada uno sigue su camino. Se trataba del instante de la “Elevación” de la gran misa en la catedral; se ha conservado esta costumbre española de que todos los días a la misma hora, entre las nueve y las nueve y media, cuando la “Elevación” de la gran misa en la catedral suena la campana, todo el mundo, esté de pie, a caballo o en un carro, en la calle, en la plaza y hasta en las cercanas tiendas, debía detenerse, descubrirse, inclinarse y pronunciar la oración. Asimismo por la tarde, con el crepúsculo, para el “Angelus”, hombres y mujeres deteníanse en el mismo lugar donde cada uno oyó el tañido. Pero ya se podía medir la nueva civilización por la escala de la devoción: tal hombre se santiguó, se arrodilló y rezaba; tal otro se descubrió sin detenerse, pero se santiguó; tal otro sólo se ajustó el sombrero, apresuró el paso, y más de uno seguía caminando sin hacer caso de nada y entrando a alguna tienda se burlaba del fanatismo.

También por las noches los serenos gritaban:

“Ave María Purísima” aunque con menos bríos y menor frecuencia que en Coquimbo y en otras ciudades de la provincia, disponiéndose ya el ministerio para abolir esta costumbre.

(MV, II, 394-396)

  • 1845
    Domeyko sobre los mapuches

El mismo Domeyko comentaba la recepción del libro así:
Mi obrita agradó a los chilenos, a pesar de que yo acusaba en ella a su gobierno y a sus soldados de tratar injustamente a esos hijos de la América precolombina, que la Providencia les confió cuando esta afortunada república obtuvo su independencia. (…) Dios me otorgó un gran favor cuando más tarde el gobierno chileno modificó, para bien, su trato a la Araucanía.

(MV, II, 793)

  • 1846
    18 XI – Despedida de La Serena

Domeyko se marcha definitivamente de La Serena; sus estudiantes, profesores y ciudadanos se despiden de él.
Preocupado por el futuro del catolicismo chileno, Domeyko sugiere en otra parte de la carta las siguientes iniciativas:

En mi opinión las cosas que puedan mejorar el catolicismo en esa parte de América son las siguientes: 1) Abrir un seminario bueno aquí, en Santiago, dirigido por un sabio y devoto eclesiástico, a quien le tengan respeto, ya que aquí, por lo que yo sé, nadie es capaz de poner orden en el seminario ni se sabe si es un buen seminario. 2) Traer a Chile unos misioneros buenos para convertir a los indios y a los muchos de ellos que recientemente convertidos no son ni cristianos ni paganos; los Jesuitas prestarían un gran servicio a este país, si pudieran tratar el tema con la embajada. 3) Establecer relaciones entre la Santa Sede y la República de tal manera que de una vez por siempre se acaben las riñas despertadas aquí con cada nominación de un nuevo titular a la sede episcopal enviada por el Papa, y a la causa del patrocinio y motu proprio. 4) Reformar la regla monástica y anular, si es posible, esas elecciones de provinciales que ponen tanto desorden y confusión en la vida quieta del monasterio (…).

(ARC, núm. 46723).

  • 1876
    Había tiempo para la misa diaria

Mi clase de cada día, improvisada en gran parte y que a veces prolongada hasta dos horas intercalando experiencias y mis propios trabajos químicos, eran todo mi consuelo.
Cada día a las cinco mas o menos fatigado, regresaba a casa, donde mi joven ama. Ana, tenía preparado el almuerzo; había tiempo para ir al jardín, para hablar con el jardinero, para ocuparse de mas de un arbolito y del parrón, transplantar alguna planta y echar un vistazo a los libros para estar preparado para la clase del día siguiente. (…)

Las mañanas tampoco eran tediosos; había tiempo para la misa diaria en la iglesia de los capuchinos y para aprender algo o escribir algo, gozando de buena salud. Los domingos y los días de fiesta, como si no fuera rector ni profesor, me olvidaba de todo lo relativo a la Universidad y, siguiendo la vieja costumbre, en las horas libres de la iglesia y del paseo con los niños, leía algunos libros polacos y escribía sólo en polaco. Así pasaban los días desde la muerte de mi esposa y de mi segunda aceptación de los deberes rectoriales.

(Domeyko, Mis Viajes, 1978, II, 833)

  • 1884
    24 V – La llegada y la partida de Domeyko

Al quitar Chile Domeyko regresa en sus recuerdos al momento en el cual, hace cua- renta y seis años, llegó a este país. Anota en Memorias de un exiliado:

¡Cuán distinta fue mi llegada a Chile de mi partida de aquí en el día de hoy! Hagamos memoria, comparemos.

El 17 de mayo del año 1838, al amanecer cola nieve espesa, soplaba un viento frío, había nevazones; cansado de la cabalgata de trescientas millas por pampas, envuelto en un abrigo gris de emigrante, aterido de frío, encogido, montado en un flaco jamelgo y sin un centavo, subía a la elevada loma de las cordilleras, a 3.000 m. sobre el nivel del mar. Era difícil abrir los ojos, difícil respirar, la ruta era empinada y resbaladiza. La perezosa mula, de duros lomos, sentía mi torpeza para guiarla y ya me estaba llevando a un lado, hacia un precipicio; se acercó corriendo el arriero, la tomó de las riendas y nos salvó a mi ya ella.

Con fatigas, conducidos por la Providencia divina, apenas al mediodía llegamos a la primera casucha, a una choza desierta, una de las que en la época española fueron construidas en la ruta para la salvación de los viajeros sorprendidos por una tempes- tad. Allí, sobre el suelo raso, en compañía ingrata, entre el humo del tabaco y de ramojos ardiendo, el resto del día y toda la noche transcurrieron lentamente, sin que el temporal amainara y estando rodeados de altos montones de nieve. Da grima recordar hoy con qué trabajo hubimos de desenterrarnos de entre ellos, cuando las nubes empujadas por el viento comenzaron a disiparse y asomó a través de la neblina el sol. Las nieblas inundaron el valle y llenaban la quebrada por la cual descendíamos a la ladera occidental de los inmensos Andes. (…) Un país extraño, el idioma extraño, ni una sola alma conocida. Tal fue mi llegada a Chile.

(MV, II, 848)

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