Nuevo Libro / Sacerdote, poeta y crítico:
El camino de José Miguel Ibáñez

Noticia
Conversaciones con J. M. Ibáñez Langlois, Ignacio Valente, Juan de Dios Vial Larraín, Opus Dei, poeta, sacerdote
08 de Octubre, 2015

Fuente: Revista Artes y Letras El Mercurio (04 de octubre de 2015)

Palabras pronunciadas por Juan de Dios Vial Larraín con motivo de la presentación del libro “Conversaciones con J. M. Ibáñez Langlois”, recientemente publicado por Editorial Universitaria.

Juan de Dios Vial Larraín
juandediosvialAgradezco la invitación a presentar este libro de José Miguel Ibáñez porque me da la oportunidad de poner de relieve algo que estimo de estricta justicia recordar: que José Miguel Ibáñez es una figura maestra, de singular relieve a lo menos en los últimos tres cuartos de siglo de nuestra cultura nacional. Veo en su personalidad un amplio espectro de inquietudes y de obras, que se inicia como el crítico literario del diario “El Mercurio”, luego como el gran poeta que es, como el teólogo moral, que enfrenta situaciones decisivas de la conducta individual y del orden social y político en nuestros días, como el orador sagrado de gran elocuencia y, básicamente, como el sacerdote consagrado a dos sacramentos mayores -por así llamarlos- de la fe cristiana: la eucaristía y la reconciliación. Permítanme precisar las figuras de ese vasto espectro para preguntarme luego qué luz es la que así se descompone.

La crítica literaria ha tenido en Chile tres notables figuras alojadas en “El Mercurio”, vagamente disimuladas por un sobrenombre en lengua extranjera: Omer Emeth, un sacerdote francés, Emilio Vaisse, instalado entre nosotros, que defendió y ejerció la cultura clásica; un fino escritor, Hernán Díaz Arrieta, oculto bajo la palabra inglesa que significa estar solo -Alone-, pero en la línea de “En Busca del Tiempo Perdido” de Proust; y finalmente, Ignacio Valente, José Miguel Ibáñez, que aportó no solo valentía sino dominio de la estética literaria que había estudiado con José María Valverde durante su doctorado en Filosofía.

Permítanme contarles mi primer encuentro con José Miguel. Yo había sido llamado a tomar la cátedra de Metafísica de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile, un medio para nada abierto a tales ideas. Me propuse enseñarla a partir del pensamiento de quien era considerado por filósofos como Kant, Husserl y Heidegger, el fundador de la filosofía moderna: Descartes. Los hombres de la Ilustración francesa del siglo XVIII dispararon y extraviaron el pensamiento de Descartes por vías divergentes, el empirismo británico de Locke y Hume o el idealismo germano de Kant y Hegel. El pensamiento moderno, con Descartes se desarraigaba así de la tradición metafísica de Platón y Aristóteles, y de la tradición teológica de San Agustín y Santo Tomás. Escribí entonces mi primer libro, “La Metafísica Cartesiana” de 1971.

Cuál no sería mi perplejidad al abrir “El Mercurio” pocos domingos después de la aparición de ese libro y advertir que la crítica de Ignacio Valente estaba dedicada por entero e in extenso a mi libro, que, en rigor, escapaba del campo propio de la crítica literaria. Pero, además, y esto es más interesante, era una crítica que no quedaba encerrada en las opiniones dominantes entre los filósofos, inclusive cristianos, como Maritain. La crítica de Valente contenía un generoso elogio de mi libro, pero también, hacia el final, esbozaba un leve reproche a Descartes por su visión mecánica de la vida animal, desde la perspectiva geométrica de la extensio cartesiana. Era lo mínimo que podía decir un buen tomista, sobre todo en tiempos de neotomismo escolástico y de heideggerismo.

Yo, entonces, en señal de agradecimiento, invité a José Miguel a almorzar en un buen restaurante. Asistido por el maître , le recomendé una lengua nogada, especialidad de la casa (entonces, yo no sabía que a José Miguel le basta con un bistec a lo pobre y un helado). Antes del postre abrí debate sobre el asunto de la vida animal y la defensa que José Miguel hacía de ella desde la perspectiva escolástica de una dudosa tradición. José Miguel insistió en sus argumentos (puede que tuviera algo de razón) y yo, un poco picado, solo atiné a decirle: pero usted, José Miguel, ha hecho algo mucho peor que lo que habría hecho Descartes: usted se ha comido la lengua de un animal. Después de eso, tuve que pedir un coñac. Ese fue mi primer encuentro amplio con José Miguel.

Volvamos a nuestro tema: Valente hizo algo muy importante en la crítica literaria: rindió el debido panelrespeto a la trilogía clásica -Mistral, Neruda, Huidobro-, también como es debido a Anguita, Rojas y, quizá, Lihn. Yo destacaría su exaltación de Parra, Zurita y Uribe. Es decir, reconoció a la poesía chilena el lugar eminente que tiene. Esto ha sido posible por una razón muy de fondo: porque José Miguel es, él, un gran poeta en su vena esencial expresada en el “Libro de la Pasión”.

Sigamos con las líneas del espectro anunciado: y hallamos al orador sagrado, bien apreciado entre quienes han podido escucharle, como yo mismo, en ocasiones especiales. Y al teólogo moral como hombre de Iglesia, es decir, a quien acuden los obispos y sirve al magisterio con escritos relacionados con el catecismo de la Iglesia, con la doctrina sobre la familia, el matrimonio y la moral sexual, o con la crítica al ingrediente marxista de la teología de la liberación. Todos estos escritos han tenido una gran difusión no solo entre nosotros sino internacionalmente, hasta ser traducidos al coreano y japonés. Esto último, para regocijo de José Miguel intentando retraducirse desde esos signos a su perfecto español.

Esta ligera descripción levanta la pregunta clave: qué unidad hay en todo eso. Y voy a intentar decirlo en un esfuerzo de comprensión del hilo secreto que el propio José Miguel nos da a entender discretamente. Y este es el momento de hablar del Opus Dei. Volveré a ser autorreferente, esta vez para hablar mal de mí.

braulio_fernandezYo nací en la década en la que el Opus Dei fue fundado y crecí antes de que en Chile se supiera de él más allá del mensaje traído por don Adolfo Rodríguez y sus amigos desde España. La primera noticia que yo tuve me llegó de un apreciado amigo que era de la generación de mi padre y a quien conocí en el directorio de una fundación, don Ricardo Irarrázaval, distinguido hombre de negocios y fino escritor, que en un cóctel en la Embajada de España me regaló, sin mayores explicaciones, un libro pequeño llamado “Camino”, que muchos de ustedes, creo, conocen bien. Confieso que no lo entendí. ¿Qué era esto, una antología de pensamientos religiosos, un inventario de conversaciones ocasionales con diversas personas anónimas, una autobiografía espiritual, unos consejos dados con entusiasmo y vigor?

El Opus creció a mi alrededor de manera fantástica. Invadió mi casa; me dio a conocer la admirable atmósfera de la Universidad de Los Andes y de la Universidad de Navarra; y alguna vez, quizá casualmente, quizá providencialmente, leí las páginas de “Camino”, no todas, pero las suficientes para comprender dos cosas de fondo. La primera es que San Josemaría era un admirable escritor; que en él no sobraba ninguna palabra, que todas ellas poseían una fuerza íntima inaparente, hasta diría, castigada, convertida en confidencia, en suave reproche, en vibrante llamada. Descubrí enseguida en esas páginas algo que siempre me había parecido esencial: que la Iglesia Católica es un añoso y poderoso árbol que de siglo en siglo echa nuevas ramas. Este crecimiento orgánico me parece que son las órdenes, congregaciones, instituciones y prelaturas que nos traen savia nueva desde la raíz original. Fueron los benedictinos que educaron a la Europa salida de los bárbaros. Los dominicos y franciscanos que edificaron intelectualmente la cristiandad medieval. Los jesuitas que encararon la Reforma, y tantos otros que en cada tiempo oyen la voz de la historia: el Opus Dei en nuestros días y con él otros brotes distintos que día a día aparecen. Me atrevería a decir algo más: la Iglesia vive de esas instituciones y de los santos, en quienes la figura de Cristo está vivamente presente, como una eucaristía.

El nuevo carisma del Opus Dei invita a la santidad simplemente como una vida que sea una obra bien hecha en todos sus momentos iluminados por la reconciliación y la eucaristía. “Camino” ha de ser leído como la Regla de San Benito, como los Ejercicios de San Ignacio. No atino a dar un nombre a este género. Son como el latido de un corazón que en su humildad y sencillez escucha la palabra de Dios y dice hágase en mí según tu palabra.

La diversidad de los talentos que José Miguel ha cultivado con brillo encuentra su unidad profunda en Conv. con JM Ibañezese carisma. El carisma del Opus Dei, la santidad de San Josemaría y de muchos otros (pensemos en Don Álvaro). José Miguel ha escuchado esas voces, ha empeñado su vida por ese Camino.
Este libro que he tenido el honor de presentar mira desde fuera y con modestia lo que José Miguel ha querido decirnos de todas las etapas de su vida como el espectro de la luz que ilumina su camino.
Quisiera aplaudir finalmente a los editores e interlocutores de este libro -a Patricio, Braulio y Sebastián-, quienes han realizado una labor muy importante y, como valientes banderilleros, se retiran silenciosamente de la arena una vez iniciada la faena. A mi buena amiga, la Editorial de la Universidad de Chile.

Gracias, José Miguel, por contarnos esta historia amena y edificante, sincera y sencilla, que nos permite mirar por una pequeña ventana, o por el ojo de la llave, una vida profunda y fecunda.

 

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