Neotugurización:
Los migrantes hacinados del siglo 21 en Santiago

Noticia
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06 de febrero, 2017

Fuente: www.lanacion.cl (18 de enero de 2017)

Si bien en décadas pasadas las casas eran convertidas en lugares precarios para meter dentro cuanto extranjero en busca de un mejor futuro cupiera, la urbanista de la Universidad de Chile, Yasna Contreras, advierte sobre un nuevo fenómeno y nuevos grupos que conforman la capital. Entre ellos, los migrantes que transforman la ciudad cultural y geográficamente.

Haitianos que habitan en bodegas de departamentos habilitados como dormitorios. Dominicanos que viven con lo justo pero prefieren pagar arriendos más altos en el centro de Santiago que vivir en la periferia y viajar en las galeras del Transantiago. Peruanos que le arriendan una pieza a un paisano en vez de a un chileno oportunista y usurero incapaz de proveerle una ducha de agua caliente o una instalación eléctrica segura. Todos son fichas de este nuevo Monopoly nacional descrito en “Nuevos habitantes del centro de Santiago” (Editorial Universitaria) de la doctora y magíster en Desarrollo Urbano, Yasna Contreras.

La profesora Yasna Contreras, autora del libro.
La profesora Yasna Contreras, autora del libro.

La profesora del Departamento de Geografía de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile publicó esta fascinante respuesta al candente tema migratorio y urbano con entrevistas de primera fuente en momentos en que el debate sólo da hacia puertas clausuradas o se invisibiliza como un problema más estructural que de fondo. Como en otras pobladas capitales, esa ambigua recuperación urbana llamada gentrificación que termina expulsando a los habitantes originales de un sector merced a otros más sofisticados, se cruza con la mitología sobre criminalización y segregación espacial de los recién llegados. Pero Contreras cruza el umbral hacia los lugares donde los migrantes sobreviven. Hoy apela a respetar un derecho a la ciudad y a contar con condiciones de habitabilidad para las personas menos favorecidas, sean chilenos o extranjeros.

“Piensa en lo complejo que significaba para un chileno negociar con una inmobiliaria la venta de su vivienda. Ahora ponte en el lugar de un inmigrante. Uno estereotipado por su origen, color, por ser hombre, mujer, en fin, eso es mucho más fuerte, y en tanto tengan menor poder de negociar el acceso a una vivienda, son sujetos latentes a procesos de gentrificación y verticalización. Muchas veces se trata de grupos de personas que no conforman un colectivo que pueda entablar mecanismos de resistencia para no ser desplazados”, explica la autora.

“Originalmente lo que me pregunté fue si la gentrificación era un fenómeno de cambio espacial significativo en Santiago y me di cuenta de que sí lo es, pero que va acompañado de otros como la neotugurizacion. Procesos que se visibilizan cuando se recuperan fachadas, se abren nuevos cafés, galerías de arte, pero que conviven con fenómenos más complejos de los que una política pública debería hacerse cargo”, dice sobre las tensiones que estas nuevas convivencias traen consigo y que retoman la vieja idea del conventillo que registraba Manuel Rojas en los años 30, o el geógrafo Rodrigo Hidalgo en los años ´90, cuando los grandes grupos migrantes llegaban a la capital desde provincia. Hoy advierte sobre los arbitrarios arriendos que se les suele cobrar a un grupo humano que muchas veces ni siquiera conoce el idioma del país al que llega.

En este siglo esa tugurización es vertical y reúne a una decena de migrantes del Caribe o el resto de Latinoamérica en departamentos de dos o tres ambientes en edificios del centro de Santiago o sus alrededores. Una realidad que habita debajo de la incómoda losa que los medios muestran como el anecdotario del incendio en un cité o crímenes pasionales de la periferia donde laten este tipo de disputas racistas.

La profesora evita referirse a estos núcleos como guetos, a la usanza de autores como Loïc Wacquant, y agrega que las zonas en que se instalan los inmigrantes latinoamericanos suelen ser escogidas como pivotes para quedar más cerca de sus trabajos, servicios y redes familiares o sociales. Otra figura novedosa es la que reemplaza la habitación de casas de la periferia que han sido subdivididas para concentrar más arrendadores en condiciones infrahumanas.

“Desgraciadamente lo que sabemos hoy es que los propietarios y administradores chilenos de inmuebles en que viven estos migrantes, por lo general, no se hacen cargo de la mantención de la luz, baños, mejoramiento de la materialidad o bien, no tienen incentivos que permitan cubrir las necesidades de mantención de antiguos inmuebles. Es decir, vuelven a los inmigrantes latinoamericanos aún más vulnerables de lo que son en sus derechos humanos”, apunta sobre la definición de los “precarios urbanos”, uno de los ítems de su investigación.
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EDIFICIOS DE ALTURA

– ¿Cuáles son las zonas calientes de este mapa de la neotugurización?
– Los precarios urbanos no son propios del centro de Santiago, necesariamente. También están ocupando edificios en altura en Estación Central, Recoleta, Independencia o en antiguas viviendas de estas comunas pericentrales. El centro de Santiago volvió a ser considerado como un lugar para la vivienda, pero ¿a qué precio?. Los edificios de altura del centro y pericentro se convierten en una alternativa frente a las casonas antiguas donde nadie se hacía responsable de recibir a estas migraciones latinoamericanas que llegaron al país desde la década de los 90.

Hemos notado también una estrategia de los mismos migrantes que ya están legalizados en Chile y que alquilan y subalquilan a otros inmigrantes en esas condiciones de hacinamiento en altura y departamentos de 18, 20 ó 35 metros cuadrados. Pero que a diferencia del sistema antiguo cuentan con una persona responsable, un propietario, una administración del edificio que genera psicológicamente en el migrante cierta sensación de confort. La seguridad de vivir en un lugar limpio, con murallas sólidas y buenas instalaciones eléctricas.

– En el mismo sentido, ¿qué polos de gentrificación reconoce actualmente en el centro de la ciudad?
– Aunque suele creerse que el sector de La Vega era un espacio de potencial gentrificación, es un sector popular que ha resistido a la evolución y algunas acciones inmobiliarias que intentaron trasladarla, y eso responde al capital social y a la historia de un centro de abastecimiento de escala nacional. Sí se puede hablar de una gentrificación de su comercio con pasillos exclusivos dedicados y trabajados por migrantes que pueden ser incluso una oferta más sofisticada que la tradicional del mercado respecto al público que llega en días de semana o los fines de semana.

Diría que lugares ícono que están sufriendo esta transformación en el centro, una especie de desplazamiento directo, es el cercano a la Estación Mapocho, el de calle Ayllavilú. También el cuadrante que hay entre Manuel Rodríguez, San Pablo, Teatinos y las inmediaciones de Huérfanos, dónde estaba el edificio antiguo de El Mercurio. Incluso hasta el sector de La Moneda. Esa es actualmente una zona de mucha tensión. De todas formas, estos procesos son dinámicos.

Por otro lado, en Lastarria y el pasaje Victoria Subercaseaux, los gentries que están llegando no son los típicos que transforman localidades como Nueva York o Londres, haciendo un paralelo. En EEUU o Inglaterra, los que se instalan en zonas deprimidas son personas de muchos recursos y mayor nivel educacional que los habitantes que preexistían en zonas que ocupan. Aquí no sucede eso. Claro, estéticamente es muy a lo anglo, pero hay que hacer otra lectura que se diferencia en primer lugar desde la arquitectura americana. Quizás un buen ejemplo de verdadera gentrificación es la construcción de lofts en el Barrio Brasil, construcciones en altura que generan el desplazamiento de sus antiguos habitantes.

– Cuando habla de la recuperación de espacios físicos por estas poblaciones, ¿cuáles le parecen más relevantes?
– Existen recuperaciones de ese espacio urbano que han ocurrido silenciosamente. Por ejemplo, muchas tribus urbanas que no viven en el centro se han convertido en usuarios de los espacios del GAM. Se otorgaron el derecho de ocupar esos espacios como diferentes subculturas que quieren expresarse en una geografía de postdictadura. Este es un muy buen ejemplo de la nueva forma de transformación del área central. En ese zócalo puedes ver niños y niñas ensayando jazz, otros bailando coreografías de distintas manifestaciones musicales y que antes eran solo parte de una diversidad que no era dueña de ningún área. También es notable la recuperación del Parque Renato Poblete. Ahí se utilizó el borde del río y se generaron acciones y conexiones para ocuparlas.

– Con los datos en la mano sobre esta transformación territorial y humana, ¿cuál es el paso siguiente?
– Cuando a mediados de los 90 la gente volvió a vivir al centro, después de escapar de un sector al que consideraban oscuro, el plan de repoblamiento se volvió clave. Esta apertura de la idea de “irse a vivir al centro” nos lleva a lo segundo: repensar una política de vivienda para hogares de bajos ingresos y ese sujeto de crédito que se permite comprar o arrendar una burbuja en el centro. Cuando hice esta investigación yo tenía una preocupación personal por despertar la idea de que el centro no es solo exclusivo de un grupo y que tenemos que repensar la forma en que los migrantes se instalan a vivir no solo en Santiago, sino en otras ciudades intermedias.

“Nos preguntamos, cuando se colonizan en distintas ciudades, en diferentes escalas, ¿hay respuestas para ello? Creo que sí, pero a mi juicio son pobres. Se debería generar un incentivo o multas a quienes no se hacen cargo de los inmuebles antiguos y deteriorados que nadie querría arrendar, salvo un migrante que ya lo está pasando mal. Hay que entender que el mercado informal de acceso a la vivienda es un negocio para muchos compatriotas, e incluso, permite a algunos asegurar una pensión de jubilación, pero se raya el derecho al otro, a la dignidad humana.

Otras propuestas son políticas: que aumenten un subsidio que permita el reciclaje de los inmueble y que permita fiscalizar, que el que quiera ‘dividir piezas’ lo haga en mejores condiciones de habitabilidad. Esas casonas son muy caras de recuperar a menos que se tenga mucho dinero o se las convierta en un inmueble comercial o cultural. Sin embargo, el negocio hoy es subarrendar a personas en condiciones infrahumanas. En esos casos hay que fortalecer un mecanismo de infracción y observación. Recuerdo fórmulas como las que se han implementado en ciudades como Lima o el DF de México y que, aunque no han sido exitosas todo el tiempo, pueden perfeccionarse y aplicarse a escala humana. Pero para ello, el Estado debe comprometerse con recursos para rehabilitar estos espacios y amortiguar el costo de que estas personas pagan por vivir en condiciones paupérrimas”, remarca.

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