Mario Góngora: los años de formación

Noticia
historiador, Joaquín Fermandois, Mario Góngora
11 de julio, 2016

Fuente: La Tercera

[Historia] Continúa el proyecto de obras selectas del gran intelectual chileno. Tras la edición de su diario de juventud, se publica su memoria de prueba, hasta ahora inédita, sobre conflictos religiosos y sociales en la Inglaterra moderna.

TESIS de Mario GóngoraAsí como toda historia es historia contemporánea (según aseguraba Benedetto Croce), Mario Góngora podría haber sostenido que toda historia es historia universal. Sus trabajos sobre el Derecho Indiano  -constatando, por ejemplo, que el frecuente incumplimiento de las leyes en América colonial respondía a una tradición que se remontaba al código de Justiniano- o aquellos sobre la “ilustración católica” -rastreando una corriente intelectual chilena con raíces en la cultura eclesiástica del siglo XVII en Francia y la ilustración del siglo XVIII en España- serían demostraciones inmejorables. Muy pocos historiadores latinoamericanos han tenido su capacidad para abarcar más allá de su propio país y esclarecer aspectos de todo, o buena parte, del continente.
El amplio rango de sus intereses unido a la minuciosa cimentación de su cultura hicieron de Góngora uno de los más importantes historiadores de Chile en el siglo XX y un intelectual de primera línea. Después de una serie de influyentes libros y artículos sobre asuntos más o menos específicos, vistos siempre desde perspectivas muy amplias, Góngora publicó, poco antes de su muerte (en 1985, en un accidente) una obra de síntesis y polémica: su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX (1981) en que además de incorporar conceptos tan discutibles como iluminadores (llamar al período de 1964 a 1980 “época de las planificaciones globales”) sostuvo la tesis central del Estado como elemento fundamental de la historia nacional, el mismo que en los años de la publicación del libro le pareció que peligraba debido a las tendencias antiestatales del régimen político de entonces.

En cierta manera, sostenía una tesis conservadora, que buscaba resguardar la autoridad y el orden frente y no junto al mercado (ya había planteado, en 1966, la dificultad en Chile de una clase capitalista y modernizadora, en su artículo “Materialismo neocapitalista, el actual ídolo del foro”).

La idea de poner en circulación nuevamente algunas de las obras de Mario Góngora (1915-1985) podría responder al  interés de rescatar algunas de difícil acceso o desperdigadas en revistas. Pero el proyecto de “obras selectas” en curso ha ido más allá, publicando algunas inéditas. La primera fue un Diario (2013) que Góngora mantuvo como estudiante de Derecho en la Universidad Católica entre sus 19 y 22 años (de 1934 a 1937), conformado principalmente por sus lecturas y angustias personales. Ahora aparece su memoria de prueba para titularse como profesor de historia en la Universidad de Chile, Conflictos religiosos y sociales del Estado y la burguesía en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII (1944), que se publica bajo el más breve aunque probablemente inexacto título de Tesis.

Son esos años decisivos los de esa etapa, pues el propio Góngora alguna vez señaló que entre 1931 y 1943 fue un período fundamental de su biografía intelectual. Tiempo de intensas lecturas, dudas religiosas, amorosas y vocacionales. Tiempo también de actividad política: fue algo así como “ideólogo” de la Juventud Conservadora; luego fue comunista; para después volver al conservadurismo. Su período comunista (1938-1940) quedó fuera de su diario y las razones son algo enigmáticas. Según Patricia Arancibia en Mario Góngora en busca de sí mismo (1995), respondería a una búsqueda de lo “absoluto” en una “ideología totalizadora”. Como fuere, su comunismo fue breve, pero activo.

En marzo de 1940 entró al Instituto Pedagógico a estudiar historia con una firme actitud revolucionaria y pronto fue dirigente de las Juventudes Comunistas en toda la Universidad de Chile. A fines de 1940 deja el comunismo, por motivos tan misteriosos como su ingreso: quizá por su amistad con Juan Borchers, por la lectura de Nietzsche, por la Guerra Mundial y la crisis europea (Góngora, como Borchers, fue germanófilo durante la guerra), para volver a posturas conservadoras y al catolicismo.

Es en 1941, tras su activismo político, que decidió dedicar sus energías al trabajo de investigador. Su memoria de prueba, dirigida por Juan Gómez Millas, se abocó a varios temas, reunidos en un solo libro, con el trasfondo de las guerras civiles inglesas en el siglo XVII: la transformación religiosa dentro del Estado, su expansión imperial, el papel de los disidentes y los primeros momentos de la economía moderna. Es decir, cubre aspectos tan amplios y estudiados como la Reforma protestante en Inglaterra (y la instauración de la Iglesia anglicana, con la supremacía del rey sobre la Iglesia); la configuración inglesa como potencia marítima y su impulso expansivo, ligado a proyectos coloniales con finalidad mercantilista; la Guerra Civil Inglesa (la serie de conflictos entre monárquicos y parlamentaristas, entre 1642  y 1651) y la “revolución Gloriosa”  de 1688 que reemplaza a Jacobo II por Guillermo III de Orange. Más excursos breves sobre la política racial de los ingleses, la guerra naval o las teorías políticas contemporáneas al Estado protestante.

Sería absurdo criticar a un historiador por su memoria de prueba, como criticar a un pintor en base a sus primeros esbozos; sin embargo, el libro tiene algunas de las características de Góngora. Por ejemplo, la acuciosidad bibliográfica (el prologuista, Joaquín Fermandois, se sorprende de que el autor haya podido citar como obra más reciente una de 1937; debería sorprenderse más porque aparecen al menos cuatro libros no traducidos posteriores, uno incluso de 1941). También su buen criterio para elegir los libros en los que se basa. Cuando habla de relación entre protestantismo y espíritu capitalista plantea las tesis de Werner Sombart y Max Weber. Para Weber, el principio en que se basa el espíritu capitalista no es la racionalización (y la adecuación a las circunstancias que plantea Sombart), sino que tendría un núcleo teológico, basado en la idea de la predestinación y la santidad del trabajo (Góngora se inclina por Weber). Cuando habla del mercantilismo, elige el estudio fundamental de Eli Heckscher sobre el mercantilismo como doctrina económica mediante la obtención de algunos productos exóticos, así como vías de salida a las manufacturas inglesas.

Ahora bien, no puede pedírsele que se adelante a su tiempo. En su exposición sobre los Tudor se basa en J. F. Froude, el gran historiador victoriano, no poco controvertido porque su Historia de Inglaterra en 12 volúmenes (1858-1870) iba contra la convención al destacar a Enrique VIII y castigar a Isabel I y derechamente vilipendiar a María, reina de Escocia. Muchos de sus puntos de vista, como su énfasis en el papel central de Enrique VIII serían adoptados por otros, incluyendo al más eminente historiador de los Tudor de la primera mitad del siglo XX, A. F. Pollard (al que también cita Góngora). Desde 1950 en adelante, sin embargo, es la influencia principal la de Geoffrey Elton que se aparta radicalmente de la visión de Froude sobre el siglo XVI transfiriendo la centralidad en la política y religión Tudor a su ministro Thomas Cromwell.

A veces ocurre que los relatos paralelos o superpuestos dificultan la comprensión de algunos hechos y cómo se relacionan. A ratos la importancia de la Guerra Civil que llevó a Inglaterra a ser una “república” y luego protectorado con otro Cromwell, Oliver, un siglo después de Thomas; o la importancia de la “revolución Gloriosa”, se difuminan entre otras puntualizaciones.

Góngora puede ser extremadamente detallista al contar sobre la “revolución diplomática” que alteró la posición de las potencias europeas de la época: Inglaterra cambia su tradicional hostilidad hacia Francia por una hacia el imperio español, favorecida por la rebelión de los Países Bajos. O sobre la emigración de los disidentes ingleses como colonizadores de Norteamérica: sectas como el presbiterianismo, perseguidas en Inglaterra, renacen en el Nuevo Mundo. O sobre el tránsito de la economía en el capitalismo temprano: de la nobleza feudal a una nueva clase dirigente rural, hablando de la regulación de monopolios, la creación de los sistemas bancarios, etc.  O sobre el cambio de rutas en el comercio en el siglo XVI, privilegiando el Oriente por sobre el Norte y una expansión cada vez mayor: de 1560 a 1660 logran surcar todas las rutas conocidas y se convierten en los “dueños del mar”, detallando los viajes de Francis Drake o Walter Raleigh.

Hablando justamente de Raleigh y la Historia del mundo que escribió en la cárcel, dice Góngora: “Imaginó una especie de bureau enciclopédico donde los estudiosos encontrasen información de primera mano de buenos expertos”. Podría decirse algo parecido del libro de Mario Góngora.

La edición está premunida de abundantes erratas, que por lo general pueden reconocerse como tales y deducir su sentido, aunque alguna vez dejan al lector  en el mayor misterio: hablando de la industria lanera, se lee “como dicen los historiadores ingleses del 8” (p. 466), es un producto fundamental.

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