La vacuna contra la viruela:
El amanecer de la salud pública en Chile

Noticia
Historia de Chile, Paula Caffarena, Salúd Pública, Viruela y vacuna
20 de febrero, 2017

Fuente: www.elmercurio.cl (19 de febrero de 2017)

15 millones de personas fallecieron en el mundo producto de la viruela, en un período de 25 años durante el siglo XVIII. En Chile, los constantes brotes epidémicos durante ese siglo llevaron a las autoridades de la época a generar normas sanitarias para detener su avance. Estas son consideradas en el libro “Viruela y vacuna”, como las medidas que constituyen las primeras luces de las políticas públicas de salud.

Por Paula Rielley Salinas

Se estima que la viruela habría llegado a Hispanoamérica durante el siglo XVI. En esa misma época, un barco que llegó al puerto de La Serena introdujo el virus en la entonces Capitanía General de Chile. Desde esa fecha y hasta el siglo XVIII, se registran 46 brotes de epidemia que afectaron los principales centros urbanos y puertos del país, donde se concentraba la mayor cantidad de habitantes.

La viruela se contagiaba por el contacto físico con alguna persona enferma o por el contacto con fluidos y objetos contaminados. Como no existía certeza de qué podía provocarla, las maneras de combatirla fueron muchísimas: cuarentenas, fumigación para purificar el aire, sangría y hierbas medicinales. Lo que buscaron estos remedios, y la medicina general de la época, fue siempre la curación de la enfermedad. No es sino hasta el siglo XVIII que la medicina aparece como forma de prevenir. Junto con esto, las autoridades comienzan a regular las prácticas medicinales, entendiendo que los problemas sanitarios son también problemas de las autoridades.

Viruela y vacuna15,5x23 “Viruela y vacuna. Difusión y circulación de una práctica médica. Chile en el contexto hispanoamericano 1780-1830”, de la doctora en Historia de la Universidad Católica de Chile Paula Caffarena (1982), relata cómo se comenzaron a generar los primeros pasos para el futuro de la salud pública en nuestro país, a raíz de la llegada de la vacuna antivariólica a comienzos del siglo XIX.

Una instancia previa, la inoculación

El libro de Caffarena se concentra en un período previo a la construcción del Estado de Chile, entre 1780 y 1830. Incluye el período de las Reformas Borbónicas (1700-1788), en el que se buscó evitar la disminución de la población, por lo que las epidemias – como las de la viruela- eran una preocupación importante para la corona. “La monarquía tenía una institución llamada protomedicato, que eran quienes determinaban las medidas a seguir para las distintas enfermedades. En el caso de Chile, el protomedicato se funda en el siglo XVIII y promovía determinadas medidas para esta enfermedad”, cuenta su autora.

Una de las medidas aprobadas por esta institución -que constituye una etapa previa a la llegada de la vacuna- fue la variolización o inoculación. Esta técnica de inmunización, previa a la vacuna, consistía en meter viruela “buena” (fluido sacado de las costras de una persona que había enfermado de viruela en forma suave) en el brazo del individuo, a través de un pequeño corte superficial en la piel. Es decir, la inoculación consistía en enfermar a la persona, de una manera leve, para hacerlo inmune al virus. “Fue una medida bastante controvertida, causaba temor y también tenía el riesgo de contagiar”, comenta Caffarena.

Para la autora, es la idea de la inoculación la que abre el debate entre las autoridades sobre las medidas a tomar con respecto a la enfermedad: “La autoridad se involucra muchísimo más con el tratamiento de esta, se empieza a regular la medicina porque no cualquiera puede inocular, y eso genera que la autoridad asuma que la salud de la población es un tema que les convoca. Ellos se empiezan a preguntar ¿qué hacemos con estas epidemias?, ¿cómo las controlamos?, y comienzan a elaborar planes”.

Durante esta etapa, en Concepción -que vivió la disminución del 20% de su población en 1789-, las autoridades se organizaron para mantener a los enfermos en cuarentena. Posteriormente, se dispuso hospitales alejados de la urbe para inocular a quienes querían hacerlo. Existen registros de que en 1765, fray Pedro Manuel Chaparro habría inoculado al menos a 5 mil personas y ninguna habría fallecido.

La llegada de la vacuna

A finales del siglo XVIII, el doctor inglés Edward Jenner había escuchado que las mujeres que sacaban leche de las vacas nunca se enfermaban de viruela. En 1796 decidió hacer un experimento y de la pústula (un grano en la piel que contiene pus) de una de estas mujeres, extrajo un fluido que era la “viruela de las vacas”, y se lo inyectó al pequeño James Phipps, de ocho años. Seis meses después inoculó al niño con viruela humana y se dio cuenta de que era inmune al virus. De esta manera se descubrió la primera vacuna de la historia.

Tras su hallazgo, la vacuna antivariólica se masificó por todo el continente europeo, llegando a la corona española. El Rey Carlos IV la promovió en todo su territorio. En 1803 envió a Hispanoamérica la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que buscaba enseñarles a los doctores de las colonias cómo vacunar y facilitarles el fluido para inmunizar a la población. Como en América no existía fluido de las vacas, la mejor manera de transportarlo fue en las pústulas de los vacunados, en sus propios brazos. Por lo que la expedición partió desde La Coruña en España, con 23 niños huérfanos que traían el fluido en sus brazos, y que una vez llegados al continente comenzaron a dispersarse por el territorio.

“Cuando empecé a investigar, me di cuenta que la vacuna no la trajo esta expedición a Chile, sino que había llegado pocos años antes, al igual que a muchos otros territorios de Hispanoamérica”, cuenta Caffarena. Según el libro, gracias a las interconexiones que existieron entre los países, la vacuna antivariólica habría llegado a Chile en 1805, dos años antes que la Expedición Filantrópica, que llegó en 1807.

Para la autora, la llegada de la vacuna a Chile es algo novelesca, “llega desde Río de Janeiro en un barco lleno de esclavos hasta Montevideo. En ese barco, el dueño había vacunado a sus esclavos, y el virrey del Río de la Plata se entera que están vacunados, toma el fluido que tenían en los granos y lo inyecta en otra persona. Así comienza la cadena de vacunación, que mandó por la ruta del correo terrestre, cruzando la cordillera, al gobernador de Chile”. A nuestro país, el fluido- enviado de manera autónoma por el virrey del Río de la Plata- fue despachado en pequeños vidrios que lo mantenían en buen estado por algún tiempo. En 1805, el gobernador Luis Muñoz Guzmán recibió la vacuna y gracias al decreto publicado en 1803 por el rey, para la propagación de esta, comenzó su masificación. En 1808 se formó la primera Junta Central de la Vacuna, que tenía como misión conservar y propagar el fluido por toda la Capitanía General.

El comienzo de la prevención

Durante el período de la Independencia del país, se siguió vacunando a la población. Según describe la autora, “nunca se dejó de vacunar. Se podría pensar que con estos cambios, nadie se haría cargo y lo que se ve es que la autoridad tuvo siempre en su horizonte la vacuna. En el período de la contrarrevolución (1814-1817), las estadísticas muestran que disminuye la vacunación, pero se siguió vacunando. Ya en 1818 Bernardo O’Higgins reactiva las vacunaciones oficialmente, y eso se puede hacer porque seguían teniendo el fluido”.

Todos estos pequeños pasos que dieron las autoridades de manera autónoma, con el tiempo y el avance de la enfermedad, fueron los que, según la autora, crean un precedente en la salud pública del país. “La vacuna generó la necesidad de idear un tratamiento preventivo, porque no funciona si ya te enfermas. Por lo tanto, aparecen dos conceptos que antes no estaban en la órbita de las autoridades: la inmunización y la prevención, y la idea de inmunizar a alguien solamente se consigue mediante un tratamiento preventivo. Es cierto, no sirvió para detener la epidemia, pero sí fueron los primeros pasos, y se demuestra ya que hay una organización de las autoridades, las que designan recursos, lugares de vacunación, colgaban carteles afuera de las iglesias, en la entrada de la ciudad sobre los beneficios de la vacuna, se empieza a estructurar la idea de prevenir la enfermedad”.

Es el concepto de prevención -que aparece gracias a la llegada de la vacuna- la clave para hablar de políticas públicas en salud. Según Paula Caffarena, “este concepto genera que la noción de cómo se enfrenta la enfermedad cambie, ya no se trata de esperar a que te enfermes o de entender que esta enfermedad era un castigo divino, finalmente, se entiende que es posible prevenirla, y eso genera otra organización”.

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