La impronta de Humberto Giannini

Noticia
filosofía, Humberto Giannini
14 de Diciembre, 2015

Fuente: La Tercera

A un año de su muerte, un libro recopila entrevistas, columnas y artículos del filósofo chileno, Premio Nacional de Humanidades 1999, quien hizo de la vida cotidiana un área de pensamiento.
De haber seguido la voluntad de su padre, Humberto Giannini (1927-2014) se habría dedicado a la mecánica dental y probablemente una de sus preocupaciones habría sido la lengua, más en un sentido anatómico que, como lo fue, un sistema de comunicación. De su vocación por la palabra, hablada y escrita, más allá del ámbito académico, da cuenta el libro Giannini público, que recopila una serie de entrevistas (desde 1980 hasta 2014), más algunas columnas y artículos de prensa (desde 1992 a 2006).

Si en sus artículos toca temas que rozan lo especializado (el tiempo en Aristóteles o la acidia) hasta otros de interés general o ciudadano, como los peligros del afán conciliatorio en la “dogmática del consenso” o la crisis que ve avecinarse (en 1993) de la institución universitaria, es en su palabra viva, recogida en entrevistas -en medios escritos, en radio y televisión- en la que se nota mayormente la impronta de Giannini.

Franco, sencillo, con buen humor y gusto por la conversación, reconocido por hacer de “la experiencia común” y “la vida cotidiana” sus campos de reflexión, al profesor emérito de la Universidad de Chile le gustaba el término “filósofo callejero”.

En la charla no teme lamentar la hipocresía, la ocultación de los conflictos o los excesos del individualismo, ni reconocer cierto desencanto tras la situación del país una vez recuperada la democracia.

En algo que parece haberse adelantado a muchos, fue en la exposición y denuncia de los problemas de la educación superior que la sociedad chilena (o al menos una parte de ella) vino a tomarse en serio a partir de las movilizaciones estudiantiles del año 2011. Tan tempranamente como en una entrevista de 1992, con Faride Zerán, señala la falta de avances institucionales: “Democracia es diálogo, y diálogo es capacidad de expresión. Y la capacidad de expresión para mí, está esencialmente en una enseñanza abierta, gratuita y universal”.

En muchas entrevistas mencionará su idea de un derecho a la educación, que no es utópico (”En países de Europa más capitalistas que Chile tienen educación gratuita”); en 2014 dirá que la gratuidad es un derecho de nacimiento. Ahora bien, a la hora de señalar cómo hacer operativo este derecho, no dice mucho; y en cuanto a cómo mejorar la educación, no da muchas luces más allá de lo obvio (darle más tiempo al profesor para dedicarse a su materia y a sus alumnos) o afirmaciones contradictorias: se necesita más dinero en educación, aunque no es sólo un problema de dinero.

Vinculado desde sus propios estudios a la Universidad de Chile, señalaba en 2012: “Yo creo que el gran problema de la cultura contemporánea es el problema de la universidad”. Pero su visión restrospectiva de la institución que le tocó vivir era algo más que idealizada: la universidad era como “el centro luminoso” de una sociedad, era “la humanización absoluta de la vida”.

En el libro, obviamente, no están todas las entrevistas que Giannini concedió, pero llama la atención la ausencia de una hecha en 1985 por Ivan Jaksic, aparecida en Anales de la Universidad de Chile (1996), porque en varias de las aquí publicadas aparece Giannini mencionando que alguna vez se le señaló a él como parte de los filósofos “profesionales”, lo cual le molestó. Esa entrevista era preparatoria del libro de Jaksic Rebeldes académicos (en inglés, 1989; traducido por UDP en 2013) en el que plantea como uno de los centros de la historia de la filosofía chilena la distinción entre filósofos “profesionalistas” y “críticos”: los primeros reacios a mezclar la filosofía con los problemas comunes y corrientes de la sociedad y del país. Allí Giannini es mencionado como uno de los “profesionalistas”, quien hasta 1973 defendió la idea de que la universidad debía excluirse de la contingencia. El Golpe de Estado de 1973 habría sido un punto de inflexión. Incluso, en una de las entrevistas recogidas en Giannini público, señala que antes del golpe “fui un poco momio”.

Salvo que su padre quería que estudiara mecánica dental, las entrevistas no entregan muchas novedades respecto de la biografía e intereses de Giannini: que creció y se crió en Valparaíso; que a los 16 años dejó los estudios secundarios -se habla de un gesto de rebeldía, en otras partes había señalado que reprobó por flojo; a Jaksic le dijo que lo echaron por problemas de disciplina- e ingresó a la marina mercante; terminó la educación secundaria en un liceo nocturno y tuvo como profesor al poeta Gonzalo Rojas; entró a la universidad en 1953, como alumno, para después ser profesor, labor a la que dedicaría su vida.

En la última entrevista de Giannini (de hecho, apenas concluida sufrió un aparente desmayo del cual no despertaría, para morir al día siguiente), señalaba: “Mi filosofía de centro es el sentido común”. No es un mal centro. Como dijo el poeta inglés Coleridge: “El sentido común en un grado poco común es lo que el mundo llama sabiduría”.

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