Importante reedición de Ramón Laval:
La vigencia y universalidad de los cuentos folclóricos chilenos

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20 de Abril, 2016

Fuente: Artes y Letras de El Mercurio (Ed. 10 de abril de 2016)

PORTADA cuentos popularesUn volumen de Editorial Universitaria recupera las narraciones, principalmente maravillosas, recopiladas en los años 20 por el erudito chileno Ramón Arminio Laval, pionero en la investigación del folclor chileno. El estudioso Manuel Dannemann habla de la persistencia de estos cuentos en la sociedad chilena, urbana y rural.
“Para saber y contar y contar para saber. Est’era y esterita para sacar peritas; est’era y esterones para secar orejones “. Con la clásica fórmula de inicio empieza el cuento maravilloso de “El Medio-Pollo “, que relata las aventuras portentosas del ave que, a pesar de haber nacido con solo la mitad de su cuerpo, podía beberse un río entero y guardar en su buche un arriero con una tropilla entera de mulas, un tigre, un león y una zorra.

El relato forma parte del libro “Cuentos populares y folclóricos chilenos”, de Ramón Arminio Laval Alvear, publicado por Editorial Universitaria -gracias a la iniciativa de su ex gerente Eduardo Castro Le-Fort- con estudio preliminar, selección y acepciones de Manuel Dannemann, investigador de larga trayectoria, doctor en Literatura chilena e hispanoamericana y profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, donde -a sus 83 años- dirige el Programa de desarrollo de identidades culturales y el seminario El folclore como cultura.

“Cuentos populares y folclóricos chilenos” constituye una “reedición selectiva” o “reselección” de los relatos que el investigador Ramón A. Laval publicó en sus libros “Tradiciones, leyendas y cuentos populares recogidos en Carahue” (1920), “Cuentos populares en Chile recogidos de la tradición oral” (1923), “Cuentos de Pedro Urdemales” (1925) y “Cuentos chilenos de nunca acabar” (1910). Laval realizó una contribución inestimable a la compilación de un género de larga tradición, al que se acercaron escritores de la talla de Antonio Acevedo Hernández, Ernesto Montenegro y Manuel Rojas.

Ramón Laval nació en San Fernando el año 1862. Trabajó como oficial de Correos y luego ingresó a la Biblioteca Nacional, de la que llegó a ser subdirector en 1913. En 1909 fundó la Sociedad de Folklore Chileno, que luego se fusionó con la Sociedad Chilena de Historia y Geografía. Fue secretario de esta por más de 14 años y dirigió su prestigiosa revista. En 1923 pasó a ser miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua.

“He trabajado sin alarde, silenciosamente, en las horas que mis cotidianos quehaceres me dejaban libre, horas mezquinas para quien, como yo, he vivido esclavo de obligaciones que me veía en la precisión de cumplir hoy para asegurar la tranquilidad de mañana”, afirmó Laval al presentarse en la Academia.

En efecto, el profesor Manuel Dannemann resalta como una proeza y hasta llega a atribuir -medio en serio, medio en broma- “poderes mágicos” a este funcionario público que, con una formación autodidacta, y seguramente sin más ayuda que una libreta de campo, encontró el tiempo para ir a localidades apartadas, y luego recopilar, transcribir y ordenar la enorme cantidad de relatos que le comunicaron sus fuentes: por lo general, viejos campesinos, aunque en su viaje de vacaciones a Carahue, en febrero de 1911, diera con una sorprendente cantera de historias transmitidas por Juan de la Cruz Pérez, un niño de 12 años, “excelente narrador, de muy buena memoria, y de inteligencia viva y despejada”, según escribió Laval.

Sin ogros, hadas ni dragones

Junto al académico Julio Vicuña Cifuentes, al lingüista alemán Rodolfo Lenz y a la recopiladora Sperata Revillo de Saunière, “Ramón Laval forma parte de un grupo selecto de investigadores de una cultura llamada folclórica que tuvo en los estudios del cuento uno de sus soportes fundamentales, sobre todo en el cuento maravilloso, que los alemanes llaman de una forma intraducible, los Märchen . Gracias al trabajo que hizo Laval, disponemos de un valiosísimo material para hacer estudios comparados, entender elementos de la chilenidad y sumergirnos en lo que significaría la identidad nacional”, asegura Dannemann.

En su introducción a “Tradiciones, leyendas y cuentos populares recogidos en Carahue” (1920), Laval realiza una serie de observaciones caracterizadoras de los cuentos chilenos. En ellos no figuran hadas, ogros ni dragones. Las primeras son reemplazadas por viejecitas o animales, que al final de la narración resultan ser la Virgen María, San José o el ángel guardián del héroe. En vez de ogros, hay gigantes, bandidos, brujas, culebrones u otra clase de monstruos.

“Los reyes y los príncipes son muy campechanos; hablan con sus súbditos de igual a igual y ejecutan los trabajos que hace cualquier persona ordinaria; se casan con una campesina o cualquiera muchachita pobre, como si eso fuera lo corriente”, anota Laval. Llega a ser divertido el tratamiento que reciben: “Su Sacarrial Majestad”, derivado de “Su Sacra y Real Majestad”. Sin embargo, no es extraño que ellos mismos llamen “comadre” a una mujer o que le pidan la misma familiaridad: “Tráteme de compadre”. Una situación de coloquialidad muy interesante, a juicio de Dannemann.

Respecto de la ausencia de seres maravillosos típicos de la tradición europea, este investigador agrega: “No los tenemos porque poseemos una fauna mítica distinta, de mucho influjo aborigen. No solamente la narrativa y la cultura mapuches, sino también la que podemos encontrar en otros territorios chilenos, como es el caso de las regiones extremas, que van dándoles una impronta a estos relatos, que están teñidos y, algunos de ellos, empapados de formas de vida de una cultura local con sus respectivas subidentidades o subsistemas sociales”.

La eternidad de un cuento folclórico

-¿Cuál es la diferencia entre los cuentos populares y los folclóricos, que se hace presente desde el título del libro?

“Consideremos una ejemplificación. Hay autores entre los cuales está el insigne chileno Manuel Rojas, a quien podríamos destacar con cuentos tan importantes como ‘El vaso de leche’, o el uruguayo Horacio Quiroga a través de sus ‘Cuentos de la selva’. Ambos han logrado una proyección enorme, que demuestra la fuerza que tiene su creatividad. Pero hay otras narraciones que tienen la posibilidad de ir efectuando una recreación, es decir, de ir reelaborando estos contenidos, producto de un interés de carácter comunitario, que permite la existencia de distintas versiones de un mismo cuento. Los relatos folclóricos son multiversionales y se producen al interior de ciertas comunidades que los han hecho suyos al repetirlos y recrearlos. Por lo tanto, no hay una versión única, principalmente escrita, sino que muchas, generalmente de tradición y transmisión oral, lo que les da a estos cuentos una forma de vida muy potente y permite comprobar a través de ellos ciertas tendencias, planteamientos psíquicos y elementos de carácter histórico de diferentes grupos humanos”.

-¿Qué distingue a los cuentos folclóricos chilenos de los que hay en otras naciones?

“Aquí nos encontramos frente a un movimiento de sístole y diástole. Sin desmerecer la chilenidad de estos cuentos, predomina la universalidad. Cuando leemos estudios científicos profundos, planteados desde un punto de vista filológico, que se refieren a los cuentos folclóricos de la Persia antigua, y hacemos luego un recorrido y pasamos por ‘El libro de buen amor’, del Arcipreste de Hita, vemos una continuidad de ejes que se van repitiendo y que demuestran cómo el ser humano tiene elementos que le son profundamente comunes. Por otro lado, hallamos factores que remarcan la identidad. Principalmente van en la forma, en aquellos elementos o soportes que permiten que el cuento sea representativo de modos de expresión, locuciones y contextos que se producen no solamente en el cuento mismo, sino que también a través de la intervención de los narradores. Podría decirse que el cuento llamado en rigor ‘folclórico’ y, sobre todo, el cuento maravilloso es aquel que está mostrando, a través de su forma idiomática, expresiones que son propias de la chilenidad, no solamente de tiempo atrás, sino también de ahora”.

-¿No cree que estos cuentos están arraigados en una época premoderna y que remiten a una sociedad agraria que ya no existe?

“Se tiende a utilizar criterios que son discutibles. Por una parte, que los llamados cuentos folclóricos estarían en una franca decadencia y en peligro de extinción, en gran parte porque se cree que están sujetos a un exceso de ruralidad o campesinidad. Si observamos y evaluamos la existencia que hoy tienen estas narraciones, encontraremos que efectivamente, en términos cuantitativos, no existe una persistencia, como decía Yolando Pino, de la magnitud que había cien años atrás. Y esto por razones obvias. Pero sí hay una abundancia que nos deja optimistas. Yo sigo trabajando mucho con el género del cuento folclórico, y los estudios de campo me han permitido comprobar que no solamente hay una cantidad apreciable, sino que también su proliferación no depende únicamente de las condiciones de existencia rural. Si nos vamos a grandes ciudades, como el corazón mismo de Santiago, Concepción o Valparaíso, observamos que ahí también hay una existencia muy marcada y rica de esta clase de relatos. Ellos tienen los mismos grandes contenidos en distintos lugares del país, o sea que el cuento folclórico no solo pertenece a la cultura rural, sino que también a la cultura o a la sociedad urbana. Es una demostración de cómo aún existe una vigencia de estos relatos en zonas donde se suponía que estaban completamente extinguidos”.

-En Italia, el cuento popular tuvo a Italo Calvino. En México tiene a Fabio Morábito. ¿A qué escritor de esa envergadura tiene en Chile?

“Ya no vamos a encontrarnos con un Antonio Acevedo Hernández. Tampoco, en cierto modo, con un Baldomero Lillo. Son tiempos pasados, pero eso no ha producido un impacto de muerte en los cuentos folclóricos. Hace no muchos años el ex rector de la Universidad Austral de Valdivia, Erwin Haverbeck, y un equipo de tres personas más se dedicaron al estudio de los cuentos chilotes. La cosecha fue realmente admirable y está en gran parte publicada. Lo mismo ha ocurrido con profesores universitarios y secundarios en los oasis de la II Región. Gracias a estos esfuerzos y a la reedición de trabajos como los de Laval, el cuento hindú, árabe, prehispánico o del Renacimiento español están intactos, dejando huella en la continuidad y universalidad de nuestros cuentos folclóricos”.

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