Al rescate de los cuentos chilenos de nunca acabar

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28 de Junio, 2016

Fuente: SuplementoKu.cl

El profesor Manuel Dannemann reeditó las historias recopiladas por el biógrafo chileno Ramón Laval a principios del siglo XIX. Renacen Pedro Urdemales, la tradición oral y los cuentos que no conocen el fin.

Editorial Universitaria acaba de publicar un tomo que reúne 50 narraciones recopiladas por Ramón Laval (1862-1929). “Las recogió”, como decía él, en los años 20, en los sucesivos viajes que realizó por el país. La reedición de “Cuentos populares y folclóricos chilenos” la hizo el profesor de la U. de Chile, Manuel Dannemann, y con ella, volvieron príncipes y princesas, brujas y culebrones, a  deambular por un mágico campo.

Las historias del folclor oral nacional fueron contadas por mujeres “como la ilustre y eximia narradora de cuentos doña Carmela Gutiérrez”. En 1955, Manuel Dannemann tenía 20 años y pasó una temporada en San Vicente de Tagua Tagua. Allí conoció a doña Carmela. La foto de la portada del libro la inmortaliza en sus dominios de la orilla de Pencahue, el sitio exacto donde se produjo el encuentro gracias a una carrera de caballos a la chilena. Aún con la diferencia de edad, hicieron buenas migas y mantuvieron la amistad hasta el fin de los días de Carmela. “Ella me enseñó mucho, tanto en la parte narrativa como en las composiciones poéticas: romances y oraciones que se cultivaban muy bien en ese lugar. Era una persona con un extraordinario conocimiento”, describe Dannemann.

PORTADA cuentos popularesEl campo chileno está lleno de relatos memorizados por hombres y mujeres. Así como doña Carmela narraba sus cuentos en los años 50 al pequeño Ramón Arminio se los contaba su mamá Antuca y luego, más grande, escuchó de boca de Polonia González, la Pollonguita, algunos “cuentos de nunca acabar”.
Los que aparecen en este libro los escucho Laval en 1911 mientras estaba de vacaciones en Carahue, provincia de Cautín. Quien se los contó no fue una viejecita, sino un niño de 12 años, Juan de la Cruz Pérez, quien los había aprendido de su padre.
Los relatos muestran culebrones encerrados bajo siete llaves, varillitas de virtud que caen desde el cielo y princesas que emergen desde una toronja. La chicha de Quilicura y el aguardiente del Aconcagua expresan localismos, junto con príncipes que ceban mates con hojas de cedrón, cabalgan raudos por extensos potreros y se levantan con el canto de las diucas. También has princesas que calzan zapatos de hierro como penitencia y que suben a sauces convertidas en zurzulitas.

Un cuento de Pedro Urdemales lo sitúa en el cerro Cordillera de Valparaíso haciendo bromas a un gringo y sabemos del mágico pájaro Malverde, una criatura que vivía “allá por los tiempos en que las culebras andaban paradas y los animales hablaban”. O la historia de la hermosa Delgadina, que crió a una culebrita en su pecho, así como la de Huachita Cordera con sus magníficos vestidos. Lo universal se manifiesta en las similitudes con clásicos como Juanito y las habichuelas mágicas y la historia de niños abandonados en el bosque tal como Hansel y Gretel. También hay héroes zomorfos como l Medio-Osito y el Medio-Pollo y otros más inteligentes que forzudos, como el sagaz Soldadillo.

CHILENIDAD

Para el profesor Dannemann, el trabajo de Ramón Arminio Laval muestra “una chilenidad sin fronteras, siempre muy abierta y acogedora, donde encontramos las huellas de lo que ha sido el proceso de una tradición viva”. Cree que, quizás sin proponérselo, se dedicó a estudiar identidades locales a través de los cuentos, arrojando antecedentes que han repercutido en muchos investigadores. A través de sus muchos viajes y sus lecturas de diversos autores, se constituyó en una de las principales fuentes de la narrativa popular y folclórica chilena.

– ¿Cómo acotó esta selección?

Teniendo en mente contenidos de carácter amplio, ojalá universal, pero que también mostrasen algunos factores específicos, que permitiesen hablar de cuentos de distinto tipo: maravillosos, religiosos y de fórmulas. Laval no se propuso una sistematización acabada, lo que le dio más libertad a su estudio y búsqueda de materiales y le permitió dar un espectro de conocimientos muy amplios. Los cuentos folclóricos están siempre llevándonos a formas de vida, no son sólo estructuras narrativas, en ellos hay dos funciones muy importantes: Una de carácter didáctico y otra de esparcimiento, de amenizar.

– Usted habla de amenizar y acude a la raíz latina de la palabra, “levantar el espíritu”

El término amenizar se produce en distintas modalidades, tensiones y niveles que se conservan en el cuento folclórico, que es un repertorio de patrimonios. Su manera de entretener puede pasar por diferentes formas, pero eso no es un conflicto, sino que enriquece las posibilidades de que el ser humano mantenga el interés.

– Se regeneran los cuentos folclóricos?

Hace quince años llegamos a un buen nivel de estudios a través de lo que llamamos “Atlas del folclore de Chile”. Trabajamos en 240 comunas y pudimos comprobar que en todas ellas había, con mayor o menos intensidad, la existencia de cuentos, pero que en algunas mantenían y se producía una forma de asegurarlos por distintas razones: cuestiones de carácter psíquico, el influjo de algunos profesores de índole rural y muy meritorios, y el hecho de haber mantenido una tradición oral muy poderosa. Si tuviera que dar ejemplos diría que desde el punto de vista étnico en Chile siguen todavía existiendo con mucha fuerza los cuentos de animales, sobre todo en grupos aborígenes, como podría ser el caso de los cuentos mapuches y los cuentos atacameños; por otra parte, hay algunas regiones, específicamente el Maule y el Biobío donde todavía hay un caudal muy interesante de cuentos.

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